Alberto Spencer es, para la mayoría de historiadores del fútbol sudamericano, el mejor jugador que ha dado Ecuador. Nacido en Ancón en 1937, se formó en el Everest de Guayaquil antes de emigrar a Uruguay en 1957 para fichar por el Peñarol.
En Peñarol se convirtió en una leyenda continental: campeón de tres Copas Libertadores (1960, 1961, 1966) y dos Copas Intercontinentales. Su marca de 54 goles en la Libertadores sigue vigente más de cinco décadas después de su retiro, un récord que ningún jugador —ecuatoriano o de cualquier otra nacionalidad— ha logrado superar.
Su carrera con la Selección de Ecuador fue breve en cantidad de partidos pero enorme en simbolismo: en una época sin clasificaciones mundialistas para La Tri, Spencer fue la prueba de que el talento ecuatoriano podía competir —y ganar— en la élite sudamericana.